VISTA RÁPIDA DE MADRID CON LIBROS

Por Carlos Morales
Cuando, hace más de 50 años, mi padrino Guido Fernández me auspició el primer viaje a Europa, me conminó para que visitara, sin falta, Madrid…, ¡con Franco y todo! 
Irreverente y rebelde, como dicen que siempre he sido, yo le respondí que no… Le dije que no, porque desde mis años de remota infancia vivía deslumbrado por Darío, por los poetas modernistas, por el atractivo de luces y cultura que para mí representaba la capital del mundo: el París milenario de Julio Verne, de Alejandro Dumas, del expresionismo pictórico, de la generación perdida, del río Sena, del Louvre, de la Tour… Ella era mi objetivo.
El viaje sería corto y quería invertir todo mi tiempo en la ciudad de mis sueños o de mis delirios. ¡Y entonces me brinqué Madrid!

Esta foto tiene la gracia de cumplir 55 años. Desde la Tour se ven al fondo el Grand Pallais y le Petit Pallais. Por estar allí no quise tocar Madrid.


Pero yo sabía que Madrid era la ciudad amiga, filial, hermana de lengua y sangre, y que a ella volvería muchas veces, como en efecto sucedió.
Ahora he regresado a ella a despejar mis penas y a repartir mis libros, y la visita ha sido reparadora, reconfortante, rejuvenecedora. 
Como la recorrí muchas veces junto a María, la conozco bien, y puedo moverme libre por su corazón y alrededores. En verdad su morfología urbana ha cambiado poco, y en su centro se puede decir que nada, por lo menos arquitectónicamente. Del río Manzanares al parque del Retiro o de Alcobendas a Villa Vallecas, la camino con regocijo, aunque ahora con más ayuda del Metro, pues han pasado muchos años y el subterráneo está cada día más joven y tecnológico y el pasajero todo lo contrario.
Cada día más bella, la metrópoli es gigantesca y no se puede pretender cubrirla toda ni en varios meses, pero para el impacto de actualización cultural, que es lo que ando buscando, con el centro me basta y sobra.
Allí casi no reside gente, aunque por sus famosas calles circulen día y noche millones de personas. En el veranillo de San Miguel, a mediados de setiembre, la Gran Vía, Alcalá, Los Jerónimos, Atocha, Montera, plaza España, el Callao y todas sus amplias avenidas de ocho o seis carriles, eran un amasijo de almas. Por cierto, bien destacable, mujeres bellísimas de pantaloncitos efímeros que podían venir de los suburbios o de Finlandia o de cualquier parte del Mundo.
Cinco millones de turistas la han recorrido en este primer semestre y 12 millones han pagado por lo menos una noche de hotel. Es una colmena, un hormiguero. Madrid se ha convertido, casi completa, en un gran centro alojamiento para viajeros. El mayor de Europa. 

​Viejos amigos desde los años 70, Sergio Ramírez y Tulita su compañera de vida, se llevaron los libros de Prisma para su mesa de noche. Tal vez los lean.

En Lavapiés me junté con Rafael Solís y Ericka Guillén, colegas que alabaron Es la historia de un amor…


​Como el turismo es el gran motor de sus ingresos, la ciudad se ha adaptado a una economía de servicios y los viejos hogares ancestrales que nos retrata la telenovela Cuéntame cómo pasó, ya no existen. Se han transformado en hoteles, pensiones, hosteles, hostales, Inns, en fin, tipos diversos de acogida que, remodelados ligeramente en su estructura, aprovechan el auge del Airbnb y convierten en Euros lo que antes era solo el placer de compartir la vida familiar. Toda una revolución, con sus beneficios y congojas.
Es el fenómeno de la gentrificación, que ya despierta querellas y marchas en Barcelona, Zaragoza y Canarias. Hay un notable influjo del extranjero. Es el que paga y, por tanto, el que manda. Los atractivos de la legendaria Magerit, fundada por los musulmanes en el siglo IX, su clima, su paisaje y su Museo del Prado, hacen que el imán siga aumentando. La guapa Presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso, la mantiene viva, vibrante y llena de encantos para el visitante. Lástima que en visión política no tenga esa lucidez.
La oferta cultural es impresionante y se da lo mismo en el Reina Sofía a 20 dólares la entrada, que en la plaza Mayor o en Sol y Callao, sin tener que pagar nada. Y esos shows callejeros van desde malabaristas ucranianos con bolas de colores, hasta ensembles de música clásica que interpretan a Vivaldi. Sin faltar la masiva marcha diaria por el pueblo palestino o bien por la protección de los animales y en contra de la tauromaquia, única en la que pude participar a pesar de que siempre me gustó esa tradición hasta que mi fallecida esposa me la fue quitando con la dulzura de sus ojos zarcos.

Los escritores Francisco Garzón Céspedes y Víctor Martínez, españoles, hablarán allá de nuestros libros.

En la Feria del Libro de Recoletos, que tiene efecto en setiembre, quedaron varios puestos con esa novela que el actor de cine Txema Sandoval leía en su quiosco librero.


​El teatro mantiene monumental oferta todo el año, con obras propias o importadas y mucho musical. Están en cartelera El Rey León, que lleva añales, Los miserables, Witcked, Cabaret, El gran Nino y se duplicarán los títulos para octubre.
Me pareció que, debido a los festivales de cine de estas fechas (Canes, San Sebastián, etc.) la cartelera teatral se movió un poco hacia octubre, que es cuando viene el fuerte de estrenos. Aun así da para mucho, y pude ver Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, en Bellas Artes, que me pareció un montaje retador, buena escenografía y de temática burguesa sin faltar lo gay.
También encontré en El Alcázar la comedia argentina Un dios salvaje que resulta apenas divertida. Evidentemente no pude ir a La Latina ni al Centro Colón, ni a cientos de escenarios más que ya mis piernas no alcanzan.
El cine español es de lo mejor que se hace en el mundo y cada mes hay algún festival. No pude ver Sirat, ganadora de Cannes y candidata al Oscar por España, ni Los domingos o Más Palomas, que arrasaron en San Sebastián y Canarias. De  esos títulos se hablará todo el año.

Rogelio Chacón, cineasta y Katiana Murillo, ticos en Madrid, también leerán nuestra última novela. Ojalá les guste.

​Estas son las bellezas que se ven en la vieja Madrid.


​La tendencia wok que le critican al gobierno de Pedro Sánchez, puede traer reacciones negativas, pues las concesiones al feminismo ultra, a la comunidad LGBTIQA+ ya despierta violenta reacción en contra y terminará dañando lo que pretendía defender, como pasó aquí con la rebelión de las avispas.
Se exagera el tono, y una bella película de Alejandro Amenábar, El Cautivo, se toma la libertad de representar a don Miguel de Cervantes como un homosexual declarado en su cautiverio de Argel. La licencia poética está en su derecho de intentar lo novedoso, lo atrevido, pero aparte de resultar inverosímil, en este caso parece una concesión a la caja registradora, lo cual le resta valor histórico al filme. Acaso la peli que viene no será tal vez sobre Jesucristo, que:  como nunca se casó… O quizás otra sobre el Buda, que también se veía muy solito por sus andurriales de la India.

Armadura de Carlos IV en el nuevo museo de las Colecciones Reales. Espectacular obra arquitéctonica.

Afiche de El cautivo, nueva película de Alejandro Amenábar, de estreno en España


​En todo caso, la ciudad brinda una oferta cultural variada y magnetizante, por lo que mientras la bestia Trump domine las fronteras de Broadway, y sus alrededores, podemos ir pensando en cambiar la ruta y les garantizo que puede resultar mejor y en nuestro bello idioma. De por sí acá viene todo lo de New York y además lo de Buenos Aires, si el cretino de Milei no lo amedrenta más.
El clima anda un poco loco eso sí. Antes cada estación estaba en lo suyo. Ahora no. Esta vez, entrado el otoño, la ciudad soportaba 37 grados Celsius, pleno verano; y de un momento a otro, bajó a 9 grados en la mañana. Frío del carajo.
Entonces una bolsita para cargar chaqueta o paraguas y a repartir los libros, que de eso se trata.
Sin ningún apoyo de medios informativos, ni de la embajada de Costa Rica que dicen que es menos que nada desde hace años, logré muchos contactos interesantes que podrán originar noticias a futuro y que dejo documentados en la serie de fotos, incluida la que algún fantasma me captó en la Tour Eiffel en ese 1970 de mi primera incursión parisina y que ha rescatado mi hermana de algún baúl añejo.
Au revoir.

La tradicional foto del lago en parque del Buen Retiro siempre es agradable visitarlo.

LA TRANSPARENCIA DE JÖEL DICKER

Este artículo está para publicarse en los próximos días en el Semanario Universidad, en la revista Archipiélago de la UNAM y en el ElJornal.com.

Lo ofrecemos aquí como un adelanto a los seguidores del autor.

Carlos Morales

En el gremio de los escritores existe un axioma que se repite con frecuencia: “no importa lo que cuentes, lo que importa es la forma como lo cuentas”. Esto quiere decir que, no es tan importante el tema o la trama que poseas, como la forma en que logres narrarla. Es decir, importa el contenido, pero más importa el continente.
En parte es algo cierto, pero no totalmente; porque una cosa es ese librito bien difundido que se llama El principito, y otra cosa es ese monumento literario inigualable, que se llama Crimen y castigo… Como dicen los mexicanos: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Lo que sí es definitivo es que la forma en que está escrito un libro es determinante para su éxito, comprensión y valía, por lo que los autores han vivido eternamente preocupados de la forma, de ese sistema de narrar que seduce, que atrapa al lector, que todo lo puede. Al extremo de que el gran maestro francés Gustave Flaubert, soñaba con escribir un libro que fuera un arte de pura forma, como la música, sin anécdota, sin historia (¡!). 
No he sabido de alguien que lo haya logrado, pero sí de muchos que lo han intentado.
El novelista policiaco Jöel Dicker (Suiza 1985) ha sido considerado el fenómeno literario más explosivo de los últimos decenios. Tiene publicadas ocho obras y ha sido traducido a 42 lenguas. Se calcula en 22 millones el número de sus lectores.
Triunfador de todos los premios grandes que en Europa han sido, comenzando por el Goncourt, vivió buen tiempo en los Estados Unidos, y lo mismo escribe en inglés, en francés, y un poco en español.
No lo conozco personalmente, pero lo he leído tanto y apreciado en sus entrevistas de vídeo, que me parece muy cercano. Es lo que pasa con los escritores grandes.
Originalmente Dicker es un narrador de trillers, es decir, un policiaco, pero por su edad, no es tan discípulo de los clásicos Raymond Chandler y Dashiell Hammett, como de las modernas teleseries escandinavas, de donde pareciera alimentarse buena parte de su producción.
Como no soy un lector asiduo de novelas policiacas, debo explicar que en su literatura encontré valores agregados que me hicieron seguirlo e indagarlo. Incluso –si quieren– convertirme en su fan.
Por ejemplo, la nitidez de su lenguaje (bien traducido, pues lo leo en español) asociada a la sencillez de sus expresiones, las cuales van siempre dirigidas a un objetivo concreto y nunca tratan de impresionar gratuitamente al lector ni de pavonearse con el estilo, cosa algo usual en los postmodernos franceses de ingrata memoria. Tampoco abundan en sus libros la sangre, la violencia, o el morbo sexual. Es –para decirlo de alguna manera– un estilo de novela negra pero bastante blanca.
Desde su primera incursión, con Los últimos días de nuestros padres(Premio Ginebra 2012), Dicker se ha internado en historias policiacas de profundo valor humano y sofisticadas tramas que mágicamente se deslindan al final en un portentoso y laberíntico viaje de inteligencia, acertijos matemáticos y románticas relaciones que comprometen al lector hasta en lo más hondo de su sensibilidad. Su detallismo es prodigioso y sus alcances humorísticos le aportan un toque crítico frente a la sociedad actual.
Hasta aquí lo que quiero decir es que Jöel Dicker es un seductor de la palabra. Nació con el don del gran relator, capaz de envolver al público en sus imaginarias fantasías criminales, y dejarle al final un gusto cristalino por la eficacia conceptual, lo estético de su discurso y la musicalidad de su narrativa.
Bueno, pues en su nueva novela, La muy catastrófica visita al zoo (abril 2025), el artista decide explorar otros caminos, lo cual me encanta. Pero no tanto.
Rompe de un tajo con su línea de deducción criminalística, geográficamente instalada en los Estados Unidos o Ginebra, para aterrizar en un kínder de niños discapacitados o especiales, sin expresa ubicación de nacionalidad.
Y aquí viene lo bueno: el autor decide desmantelar todos los eventos y recursos narrativos de los siete trillers que lo ocuparon antes y, en vez de crímenes y muertes, tratar de seducir al lector con una historia intrascendente de seis niños, que se pierden en un zoológico después de ver inundados los lavatorios de su kindergarden y tratar de descubrir quién fue el que los tapó con plastilina. ¡Más insignificante no puede ser la trama!
Para más inocencia y levedad, los chicos son todos víctimas de alguna discapacidad, y la historia es contada por Josephine, una niña de escasos diez años, en la mesa del comedor ante sus padres y un plato de sopa. Más inofensiva y poco trascendente no podía ser.
Sin embargo, y aquí viene lo potente: el autor logra persuadir al público con su relato, con los mínimos incidentes que ocurren en aquel kínder de enfermitos y lanzar unos cuantos flechazos a la sociedad modernas con sus ataques a la democracia, a la libertad, a la educación y a la realización plena de los ciudadanos.
Además de lo cristalino de su estilo, me encanta su intento por desmontar la novela policiaca con una arquitectura similar. Algo así como hizo nuestro venerado Cervantes con las novelas de caballería del siglo XIV.
No es para nada el mejor libro de Dicker, pero su intento por convencernos con una historia pueril parece tener sentido en su declarado afán de acercar nuevos públicos a la lectura y por depurar un estilo transparente, donde la forma casi logra lo que el contenido no puede, pues, aunque no está del todo ausente, es bastante inocuo.
Dice Dicker que lo escribió para lectores de los 6 a los 120 años y, por los millones de ellos que ha seducido, parece que lo va logrando. La envidia es que él mismo tiene apenas 39, y quien firma va alcanzando ya el nivel del piso ocho.

Moravia, mayo 2025.

La muy catastrófica visita al zoo
Jöel Dicker
Alfaguara 2025
224 páginas.