Palabras que el tiempo se lleva

Viernes 15 de Agosto de 2014
Juan Diego Castro

La noche del martes pasado asistí a la presentación del último libro de Carlos Morales Castro, “Palabras que se lleva el tiempo”, publicado por Editorial Prisma. En las últimas noches leí esta nueva obra del genial periodista y del premiado literato costarricense. Sus páginas me atraparon, disfruté de cada de cada uno de sus veintidós capítulos-palabras. El pico del arqueólogo semántico, la fisga del periodista, la pluma mágica del escritor y la espada del crítico político, se amalgamaron en un ensayo imprescindible, nueva chispa del viejo farol de Demóstenes…, en nuestro Valle Central.

Don Carlos inició su intervención recordando la entrevista que en 1995, le realizó a don Joaquín Gutiérrez, don Isaac Felipe Azofeifa, don Fabián Dobles y don Beto Cañas. Entonces, cuando le preguntó a don Joaquín: ¿Maestro, está cansado de tanto combatir? Intervino don Beto Cañas con fuerza y gracia: “¡Entre más viejo, más cabreado!” El auditorio volvió a celebrar esas hermosas palabras, como hace 19 años.

Don Beto -concluyó Morales-: “Fue uno de los últimos indignados de este país. Combatió la corrupción, la mediocridad, la payasada del periodismo superfluo. Su capacidad de ser tolerante era enorme, escuchaba respetuosamente y siempre respondía con fuerza y rigor”.

Recordó al francés Stéphane Hessel y el arranque del movimiento de los indignados. Ahora, dijo el expositor, será el movimiento de los cabreados…, cabreados con las condiciones amorales de la clase política.

También recordó la obra de don Pepe Figueres, “Palabras gastadas” (1943) “Democracia, Socialismo, Libertad, ¡qué vagas ideas, qué sentimientos tan superficiales evocan a menudo esas palabras! Han perdido su penetración y su interés. Son palabras gastadas”.

Veintidós palabras, desmenuzadas en el laboratorio de la alquimia literaria, convertidas en capítulos impactantes, reflejan un proceso al revés…, el oro brillante de su valor original, trocado en el oscuro plomo de la erosión de los principios y valores, dejando las cenizas –aún tibias- de la dignidad y la condición de democracia relevante.

El profesor Morales muchas veces preguntó a sus alumnos: “¿Qué significa el pundonor?”. Nadie sabía responder. Algunos creían que era la virginidad.

Este reciente aporte cultural del escritor Morales, va más allá de la defensa de nuestra lengua, cruza el límite de la crítica social, trasciende la frontera del ensayo filológico. Es un hermoso y valiente manifiesto por la dignidad, por el honor y por los principios esenciales del respeto a la convivencia.

Coincidimos plenamente con el autor: “Las razones para estar indignado son muchas más. La realidad indigna”. 

“Palabras que se lleva el tiempo” es un hito fulgurante en esta triste hora de la patria.

Ganador del premio nacional Novela 2008

TOMADO DE: ENTREVISTA A CARLOS MORALES:
1-¿Qué es exactamente”La rebelión de las avispas”?Se trata de una novela muy moderna y ambiciosa. Quizás la primera novela interactiva en la región. Está compuesta de un cierto modo fractal, es decir con pedazos similares que convergen, y la estructura la ideé pensando en un espectador de cine que entra a ver una misma película muchas veces en tiempos distintos, de tal modo que debe reconstruirla en su memoria para tener una idea completa. Además, es polifónica y multi-temática. Los personajes-narradores son muy diversos e incluso se ocultan para evitar represalias, y los temas abarcados son muchos, en resumen una visión casi testimonial de nuestro tiempo. Creo que es una denuncia fuerte contra la corrupción política, la hipocresía, la ambición de poder, las luchas sexistas, el sectarismo intolerante, la mediocridad general, la educación mercantilizada, la desnaturalización del idioma, el burocratismo, en fin, como ha dicho Carlos Catania: contra toda Estupidez Exitosa.

2-¿Cuál es su argumento?La rebelión de las avispas es una denuncia contra muchas porquerías de nuestro tiempo y como en todos mis libros, procuro que sea un modo de escarmentar y mejorar este mundillo podrido que vivimos.
No hay una sola línea argumental a la manera siglo XIX. Los hechos se van consignando mediante un convencionalismo de pantallas que reflejan la vida diversa de una universidad (la UPA). Las pantallas son participativas, de modo que los habitantes de la UPA pueden intervenirlas y de hecho lo hacen. El mismo lector es un espectador de ellas y aunque todo está controlado como en el Big Brother de Orwell o en los televisores de Farenheit 451, existe un cierto riesgo participativo y democrático, que puede ser alma de la trama, pues el público tiene acceso a la tecnología y los jerarcas pueden resultar desplumados. En el libro nunca se sabe quién escribe las pantallas, salvo cuando van firmadas.

El autor con su esposa María y su nieta Sol. Fotografía de doña Sara Castellón de Castro.

[Entrevista Completa]