Opinión

Ante esa noticia del diario EL PAIS de Madrid, el autor publicó allí mismo esta opinión:

En el campo de las acciones contra Cuba desde Costa Rica, la tarea la llevó siempre lo que Chaves denominó la “prensa canalla”, a menudo dirigida por ex cubanos. 
Ahora Chaves, en su nuevo papel de lamebotas, se encarga de atacar a la isla con idéntica canallada. ¿Como denominarlo? 
Si hubiera leído a Martí, a Bolívar y a los grandes próceres de nuestra América en vez de a Wallace y a Macarthy, no acabaría su gobierno arrastrándose de esta manera.
Le van a decir más feo.

LA EXPROPIACIÓN DE LOS MEDIOS

Carlos Morales

Originalmente, cuando las sociedades de occidente se empezaban a organizar como estados modernos, en especial por la influencia muy poderosa de la Revolución Francesa (1789), y en América por la liberación de las colonias inglesas que concibieron la Constitución Política de los Estados Unidos (1776), los rudimentarios órganos de información existentes eran un servicio natural del estado.
Eran lógicamente hojas impresas, armadas en las platinas o imprentas de cada gobierno, como una forma de cumplirle al pueblo una necesidad: el derecho humano de la información. Su libertad de expresión y opinión (Art. 11).
Si la Declaration des droits de l´homme et de citoyen (París agosto 1789) proclamó las necesidades fundamentales del ser humano, los estados iban a suplir, mediante servicios públicos, la satisfacción de tales mandatos. Así, a cada derecho humano, le correspondió algún servicio público que lo convirtiera en realidad. 
Al derecho humano de la libre movilidad se le otorgó el transporte público; al de la salud, la medicina pública; a la seguridad y el orden, la policía oficial, y así por el estilo, correspondiendo, a la libre expresión del pensamiento, la creación de los medios de comunicación, originalmente llamadas Gacetas oficiales.
Esa acta de la Asamblea Constituyente de Francia sería más tarde ratificada por las Naciones Unidas, en la declaración de París (1948), con lo cual se le amplió, modernizó y otorgó validación universal.
En el siglo XVIII, cada estado iba supliendo la cobertura de los derechos naturales, según su propia organización, y esta podía ser prestada por el gobierno o encargada a la iniciativa privada. Pero en el fondo era siempre un servicio público, porque emanaba directamente del Soberano, cualesquiera fuese su forma de organizarse.
Todo estaba muy claro. La radio y la televisión no existían y entonces el medio informativo (Gaceta Oficial) lo concebía el gobierno en su imprenta o en maquinaria que alquilaba a un privado. Imprenta La Paz en el caso de Costa Rica (1830).
Al amparo de ese derecho a la libre información, los ricos importaron también más impresoras de torniquete para vender servicios, editar panfletos y expresar sus opiniones. A menudo publicaban sus propias poesías o desvaríos literarios (El hombre que no quiso la guerra, Seix Barral 1980).
Siendo como eran en su origen los MCC (medios de comunicación colectiva), entes de un servicio público, el Estado les exigió por ley a los privados, su inscripción obligatoria en el registro público y la indicación de un pie de imprenta, lo cual en nuestro país lo reglamentó la Ley de Imprenta de 1872, que modificada aún pervive en la de la Imprenta Nacional.
O sea, la prensa nace, en occidente, como un servicio público y solo se puede explotar por delegación del Estado y bajo las reglas que el Soberano fije. Claro, esto se ha difuminado con el paso del tiempo, y el poder de los nuevos dueños de los MCC han hecho que el Estado tenga que pagarles por difundir sus necesidades de gobernanza.
Cuando aparece la radiodifusión comercial en 1928, la Ley de Radio viene a regularla y desde su artículo 1º. establece tajantemente que “los servicios inalámbricos no pueden salir de manos del Estado”, con lo cual se ofrecen las concesiones a los privados para que sirvan al pueblo, aunque terminaron siendo para obtener opíparas ganancias.
De allí viene que las concesiones de radio, y después de televisión, se paguen con un emolumento ridículo de apenas cuatro cifras, siendo las ganancias de más de diez dígitos al año. Cada vez que un gobierno ha querido cambiar esas reglas, los empresarios unidos jamás fueron vencidos, y de allí la gritería que hoy estamos escuchando.
En la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, los periodistas alumbrados de libertad consolidaron una profesión universitaria y fueron los íconos del cambio y también del cine. Eran los hechiceros, pero todo empezó a cambiar con los magnates y, poco a poco, fueron los hechizados.
Los empresarios privados se adueñaron del servicio en concesión e hicieron lo que les dio la gana, con países, gobiernos, guerras y demás desaguisados (Cuba, Corea, Vietnam, Honduras), por lo que, en los años 80, la UNESCO inició un movimiento mundial de recuperación del servicio público de los medios. Creó comisiones, convocó expertos, reunió gobernantes y empresarios, y surgió el NOMIC (Nuevo Orden Mundial de la Información y las Comunicaciones), con una comisión que presidieron Sean MacBride y Gabriel García Márquez (Informe MacBride, 1980).
Pero, paradójicamente, en nombre de la libertad, se organizó la contraparte mundial con la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y sus iguales en Europa, y todo se fue al carajo. 
Quiero decir, todo lo que era del pueblo, porque ellos consolidaron el poder y así fue como los medios de comunicación fueron finalmente expropiados al pueblo.
Entonces, ¿quién expropia a quién?
La historia hay que aprenderla, porque nos da cada bofetada.
Oh manes de Diderot, Voltaire, Roseau, D´Alembert, y Jefferson también.

UNIVERSIDAD CAÓTICA

Publicado en Semanario UNIVERSIDAD del 17-01-03.
Carlos Morales

Es factible admitir –a la luz de los hechos aquí divulgados– que los síntomas de descomposición institucional que agobian ha rato al país, se han presentado un poco más tarde en nuestra universidad y también es probable que muchos –los más viejos– no lo quieran ni reconocer.

Pero lo que no es admisible, a estas alturas del proceso, es mirar la debacle con indiferencia, huir por la derecha o cruzarse de brazos y dejar que todo se lo lleve el diablo.

A partir de 1989, con la caída del muro, el desmembramiento de la Europa del Este y la desaparición de la bipolaridad ideológica, ingresamos en una turbia posmodernidad que abrió el espacio a una sociedad globalizada, hiperconsumista, amoral, desprovista de referencias en todos los campos y con una ética acomodaticia, sin valores, donde impera el fratricidio hobbesiano de “quítate tu pa ponerme yo”.

Esta tragedia caíniana de la contemporaneidad pareciera ser resultado del hundimiento de algunas utopías colectivistas en las que muchos pusimos la fe y luego las vimos enterrarse entre podredumbre y avaricia.

El fracaso del socialismo real en la antigua URSS, las miserias etnocidas en los Balcanes y el aborto de procesos revolucionarios en El Salvador y Nicaragua, propiciaron seguramente el abandono de posiciones, el reciclaje ideológico, la entrega de banderas, el intercambio de sectas y el “valemadrismo” , actitudes explicables cuando la fe se extingue y se da por agotado el combate.

Todo este cisma ideológico-estructural vino parejo con el avance de la corrupción y el triunfo del nuevo orden económico (Bush dixit), por lo que actos individuales o focalizados, no pueden ser excluidos de ese contexto que nos recalca cómo lo podrido, lo mediocre y lo frívolo son inherentes al posmodernismo neoliberal que vivimos o sufrimos o soportamos.

Así de negro el panorama, uno puede comprender que millones de personas se desmarquen y vivan con indolencia y desprecio el mundo lamentable que nos va quedando, pero ni aun ello será justificativo para descartar los sueños y abandonarse a la marea de la impudicia.

A veces –en las estructuras burocráticas– la presión de lo caótico, de lo mediocre y de lo corrupto es tan fuerte, que valoramos la conveniencia de callar para que no se expanda, o para reducir un inevitable daño a la institución que nos desvela. Pero esa actitud temerosa nos vuelve cómplices y nos corrompe, aparte de que no hay fetidez tan despreciable como la putrefacción de los sepulcros blanqueados o la pus de los pantanos serenos, cuyas aguas enfermas se vuelven explosivas si no se oxigenan.

Función primordial de la prensa libre es ventilar las lacras e impedir que las mayorías silenciosas corrompan el cuerpo social con su indiferencia, su ignorancia o su mal pagado silencio. Pero víctima del mal del siglo, también la prensa prefiere a veces edulcurar que denunciar, encubrir que destapar, frivolizar que tocar fondo.

En Costa Rica, el periódico UNIVERSIDAD ha sido bastión de la denuncia valiente y fue por eso que, en 1994, le concedieron el Premio Joaquín García Monge de Periodismo. También por eso se le ha perseguido, se le ha recortado, se le ha injuriado y ahora, que sufre nueva batida, es cuando más debe levantar su voz, porque si lo han de estrangular es mejor que sea en su digna ley y no en la de sus cobardes y tradicionales enemigos.

En medio de una universidad caótica, cuyos principios se enredan entre el negociado personal, el usufructo familiar, la ausencia total de liderazgo, la mediocridad rampante, la persecución febril y un declive general que pareciera intencionado a que florezcan las universidades privadas, el Semanario es la única voz que queda para que no todo se lo lleve el diablo.

En este año crucial de 2003, habrá que ventilar unos 200 casos judiciales que penden sobre la UCR por mala administración, los constantes amparos, las denuncias ante la OIT, la deuda salarial. Incluso hay un peculado por ¢300 millones (expediente 01-1632-175-PE-A2) que indaga el Ministerio Público contra autoridades de FUNDEVI. Es preciso esclarecer las recontrataciones ilegales, los sueldos duplicados en Conavi, los triple tiempos completos médicos, el pago ilegal de la UCRP (universidad paralela) a profesores de maestrías e institutos en verdaderos biombos académicos, los sobresueldos con plata del Laname, los arreglos de jardinería autoasignados, los cobros de comisión ilícitos en la JAFAP, los viáticos dobles vía Fundevi, los sobresueldos y computadoras irregulares en la Jurídica, la venta de asesorías al mismo patrono, el traspaso de bienes institucionales a entidades privadas, los nombramientos sin concurso ni requisitos, el hostigamiento en la ODI, los pinchazos telefónicos, la pedofilia en Letras y en fin, una sarta de corruptelas ya documentadas que pueden llevar al exterminio a la más grande universidad del país.

Víctimas impotentes de toda esta crisis, los empleados de la UCR pusieron a circular el años pasado un servicio electrónico firmado “Escuadrón antichorizos y anticorruptos”, donde se recoge toda la atmósfera de descomposición que vive la entidad, pero que al mismo tiempo es una voz anticipatoria de la explosión que se puede venir si se siguen lapidando los recursos del pueblo en gollerías personales y familiares, como si la UCR fuera otro Banco Anglo.

En una asamblea académica me tocó ver cómo una mayoría de alineados, saltándose todas la reglas preestablecidas, se empecinó hasta el histerismo para regalarle condición de docente becario al exterior y reserva de plaza a un alumno que, a la postre, resultó ser el hijo de una Vicerrectora. 

Y resulta que ese beneficiario es a la vez hijo y sobrino de autorecetados exbecarios y primo putativo de otros dos becarios que llevan muchos años en el extranjero viviendo a expensas de la UCR, sin que nadie diga esta boca es mía. En la caótica asamblea, varios profesores se salieron del recinto como protesta, los siguieron los estudiantes y, la directora, que auspició la servil moción, consiguió un inmediato acuerdo firme y presentó en el acto su renuncia!… ¿Y el rector?… Ese debe andar en España.

Cientos de universitarios han optado por huir despavoridos hacia la empresa privada. Pero esa no es la solución. La alternativa está en la lucha. En las nuevas propuestas. En el rescate de la dignidad institucional que nos exige la memoria de Facio, Monge, Azofeifa, Obregón, Jiménez y tantos otros creadores de una UCR mirando al sol.

Y, así, en medio de esta tiniebla, comenzamos el 2003. 

No son buenas señales para el año, pero ya por dicha es el último.